Narrativa

PRIMERO LA A

Me enseñaron que primero la A.
Porque era una vocal.
Por eso amar me gusta mucho,
porque empieza con A.
Pero en el mundo hay gente
que prefiere comenzar con otras letras.
Y no está mal.
Sólo va haciendo más larga la espera.

 

Surada

Las manos reptan piel ceniza. Se desplazan por montañas, recovecos, marañas agitadas. De repente se cierran y arrugan la piel para exprimir caricias y lamer sudores.

Esa vez, el vapor de nuestras ganas colapsó al acercarnos. Quizá era un verano en ese espacio y tú tomaste mi cintura para atraerme hacia tu cuerpo.

Hacía calor, no había duda, y subiste hasta mi cuello para desabrocharme la camisa. Sonreímos. La barrera de imposibles atrajo nuestros labios. Tu mano tocó mi pecho jugando con la humedad de aquella noche.

Después del anunciado beso continuamos moviéndonos como en ritual escarbando las miradas, ideando fantasías. Nos volvimos a empujar el uno al otro para revelar que al polo sur de este deseo las brújulas continuaban apuntando hacia el norte.

Y recorrer tus brazos, como si yo no tuviera también unos, fue toda una experiencia. Me tomé mi tiempo disfrutando de los vellos erizados y de la respiración intermitente de tus poros. Terminé enredándome al final entre tus dedos, escondiendo entre el calor mis nervios que gritaban.

Fue la vez que más cerca estuvimos, a pesar de haber sido imposibles. La vez en la que todas las palabras que encendieron nuestro fuego se volvieron realidad.

Y había miradas acechando y no nos importó irnos desnudando y comprobar anatomías imaginarias.

Me dejé atrapar con tu carnada, sintiendo a gusto lentamente los centímetros que me separaban de tu cuerpo. Me aferré a la cama, como si esperase que ella me salvara de un anzuelo que cada que pescaba me hacía hervir entre gemidos.

Las acrobacias demostraron que ambos conocíamos que el tiempo se acababa. Que no habría otra oportunidad para escondernos de las sombras que cargábamos de día. Retuvimos los disparos haciendo placentera nuestra muerte. Brindamos cada uno y al final nos propusimos ser espejos para ver nuestras caras sucumbir y terminar con todo esto.

Cada quien se hizo cargo del desastre. Palabras ya no había: qué más puede uno decir en situaciones como ésta. Incluso los sudores saben ya a otra cosa. Necesidad tampoco hubo de guardar las confesiones.

Quisimos volver al mundo previo, pero como después de haber mordido la manzana, los ojos aprecian lo distinto que pueden llegar a ser las semejanzas.

El día de hoy podría apostar, estoy casi seguro, que las tímidas sonrisas del reencuentro hacen apuntar las brújulas de nuevo al norte tan sólo de acordarte.

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